REVISTA DE LIBROS

 

 

BUCHBINDER, Pablo; ¿Revolución en los claustros? La Reforma Universitaria de 1918. Sudamericana, Buenos Aires, 2008, 192 pp. Colección “Nudos de la Historia Argentina” (Jorge Gelman, Dir.).

 

Cierto fetiche hacia los aniversarios que coinciden con decenas llevó a que el año 2008 fuera momento de abundantes revisiones de la Reforma Universitaria de 1918, en su aniversario número noventa. En este contexto se inscribe el trabajo de Buchbinder, que revisa este proceso histórico con fines de divulgarlo hacia un público más amplio que el académico. Su reflexión del tema como acontecimiento concuerda con la idea de la colección en la que es publicado: “Nudos de la Historia Argentina”, tratando ver detrás de lo simbólico de la Reforma las tensiones y debates que se venían construyendo este momento.

Pablo Buchbinder es docente de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de General San Martín, investigador del CONICET y se ha especializado en el estudio de esta institución en la Argentina, antecedentes plasmados en una historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y una ambiciosa y exhaustiva historia de las universidades argentinas (BUCHBINDER, Pablo; Historia de la Facultad de Filosofía y Letras: Universidad de Buenos Aires, EUDEBA, Bs. As., 1997; BUCHBINDER, Pablo; Historia de las Universidades Argentinas, Sudamericana, Bs. As., 2005). ¿Revolución en los claustros? representa una síntesis de sus principales hipótesis en torno a los antecedentes que llevan al movimiento estudiantil de 1918 y –en menor medida- a sus consecuencias.

El libro, en su búsqueda de simplificar su lectura, consta de tres capítulos que en alguna medida dividen linealmente la cronología de los hechos: un primer capítulo orientado a los antecedentes, un segundo capítulo que desarrolla una crónica de los sucesos y un tercero, que piensa los cambios y las consecuencias.

El capítulo I, “Los universitarios entre la política, la profesión y las aulas”, ubica en las décadas finales del siglo XIX los primeros cuestionamientos hacia el sistema universitario establecido, una mixtura entre tradiciones de raigambre colonial y los rasgos que se estaban formando en sincronía con este tiempo: un espacio que debía ser de legitimación de las futuras élites dirigentes y formadora de “profesionales” para suplir el déficit estatal de dirigentes capacitados.

El conflicto de Ramón J. Cárcano en 1884 en la Universidad Nacional de Córdoba es el ejemplo que utiliza el autor para abrir una etapa de tensiones entre actores jóvenes de gran valor representativo de las nuevas élites y las resistencias del ámbito académico para aceptar transformaciones acordes a los nuevos tiempos, que visibilizaban un avance del Estado sobre espacios institucionales tradicionalmente vinculados a la Iglesia Católica (p. 19). Junto a estos ejemplos, Buchbinder buscará contrastes y similitudes en la comparación con las universidades de Buenos Aires y La Plata.

En este apartado se busca también observar el rol de los estudiantes y sus intermitentes e irregulares grados de organización colectiva. La historización de las protestas estudiantiles por motivos académicos expresan un rechazo a la desidia y la falta de interés de la dirigencia universitaria por el ordenamiento y la profesionalización de la práctica universitaria, y a su vez un rechazo al manejo político que se realizaba para la designación de profesores titulares -a cargo del poder ejecutivo- que suponía una injusticia para quienes tenían antecedentes e idoneidad para la docencia. Los que más trabajaban eran los suplentes, que no cobraban y generalmente no eran considerados en las ternas para titularizar. Esto era consecuencia no del todo deseada del “espíritu anticorporativo” de la llamada Ley Avellaneda sobre la cual se construyeron los estatutos universitarios a partir de 1885, “cuyo objetivo fundamental (era) evitar que los intereses de la corporación universitaria, en particular de su profesorado, primasen sobre los más amplios y generales de la sociedad y la cultura” (p. 32).

Así como ve en esta configuración un germen de futuros conflictos, también afirma que el carácter “profesionalizante” que adquieren las universidades (formar médicos, abogados, en menor medida ingenieros) será puesto en cuestión hacia la coyuntura de la Reforma, pretendiendo introducir con el aval de algunos dirigentes la práctica de las humanidades y el cultivo de las ciencias.

Señala por último el rol de la FUBA a partir de su creación en 1908, sobre todo en los vínculos estudiantiles a nivel latinoamericano, y los límites que creaba la relación entre la Universidad y los círculos profesionales como una causa de la ausencia entre los reclamos reformistas de medidas democratizadoras en el ingreso y el arancelamiento.

El capítulo II es una crónica de la situación cordobesa que llevará a los sucesos del ’18. Situaciones de “inercia y una capacidad de resistencia a su reforma interna” (p. 71) diferenciaban a Córdoba principalmente de Buenos Aires, donde sí había habido cambios en 1906, y donde el autor le otorga un papel fundamental a la “opinión pública” como factor de presión, factor que no tiene la misma capacidad en Córdoba.

Los reclamos pasaban por las críticas a los académicos (cuerpo de profesores y profesionales encargados del gobierno de las facultades que en definitiva funcionaban como una oligarquía), el reclamo de participación y la transformación de los planes de estudio. Aquí Buchbinder expone los posibles motivos de la resistencia a estos cambios: el carácter doctoral de la sociedad cordobesa -“los sectores dominantes en Córdoba fundaban su predominio no en su riqueza o en su patrimonio material, sino en su naturaleza ‘doctoral”- que implicaba en consecuencia que “todo intento de modificación de la estructura de poder de la ciudad de Córdoba debía ser, necesariamente también, una reforma universitaria” (p. 86). A partir de esta hipótesis, se desarrollan los hechos cronológicamente de la serie de protestas, intervenciones, manifiestos, la toma de la facultad y finalmente la extensión de las protestas al resto de las facultades de nuestro país.

Si es necesario realizar una crítica hacia este punto, es evidentemente muy escasa la articulación de los problemas universitarios con los diferentes contextos en los que se suceden los hechos. Un ejemplo es el rol marginal de la lectura política que realizan los dirigentes no universitarios en el proceso del conflicto, más allá de las acciones estatales en las intervenciones y las interpretaciones que se hacen sobre la participación activa del yrigoyenismo en el movimiento.

Hay sí en el análisis de los primeros congresos de la FUA una diferenciación de posiciones dentro de los estudiantes entre quienes “sostenían que la reforma debía centrarse en aspectos académicos y que el movimiento estudiantil debía permanecer al margen de los partidos políticos” (p. 127) y entre quienes querían llevar lo universitario a propuestas transformadoras en lo social y político, que en clara minoría iban a fracasar en su proyecto en lo inmediato.

La tan resonante proyección latinoamericana de la reforma, inaugurando una década del ’20 cargada de planteos y renovaciones fundamentalmente desde estos grupos juveniles, es otro de los puntos que no están desarrollados extensamente en el libro, tal vez en este caso sí por ser un tema que excede los límites propuestos.

Finalmente, el tercer capítulo rescata la identidad juvenil y americanista del movimiento reformista, pero al mismo tiempo lo problematiza aclarando que “un análisis de la reforma desde el discurso y perspectivas proclamadas por muchos de sus dirigentes –algunos auténticamente revolucionarios- no alcanza para comprender sus efectos sobre el mundo académico local” (p. 144), ya que no se traducen linealmente en los hechos. Es así que el autor dedicará este espacio de “conclusiones” para ver los momentos posteriores a la coyuntura, analizando tanto las limitaciones como las críticas que surgieron, principalmente de sectores conservadores, otros vinculados al catolicismo, y desde los miembros de la élite tradicional de las ciudades universitarias, que veían en este proceso una subversión del orden a la vez expresivo de la crisis de valores de la época.

Límites, tensiones y quizá contradicciones son la síntesis que se encuentra al dar vuelta la página del acontecimiento de la Reforma. Los límites de restringir las exigencias a mejorar la práctica académica, pero no avanzar en puntos claves como los aranceles y el ingreso irrestricto que claramente marcan contradicciones con el espíritu democrático. El balance deja espacios para seguir revisando este momento de quiebre en la historia de Latinoamérica más allá de los aniversarios.

 

Por Martín Müller

(UNR; mmuller81@hotmail.com)

 

 

 

ASCOLANI, Adrián. El sindicalismo rural en la Argentina. De la resistencia clasista a la comunidad organizada (1928 – 1952). Universidad Nacional de Quilmes. Bernal, 2009, 392pp.

 

El texto de Adrián Ascolani describe y analiza las particularidades del sindicalismo rural en la Argentina a partir de su principal sujeto, el trabajador de campo y su actuación frente al Estado (nacional y provinciales) y las corporaciones que representan a las clases media y alta del sector rural. El periodo elegido es desde 1928 hasta 1952. El año de inicio marca la última ola de huelgas y protestas obreras lideradas por una dirigencia que se repartía entre la anarquista –en descenso– y la sindicalista (revolucionaria) que desde hacía una década ocupaba una posición hegemónica. Al mismo tiempo, dicha coyuntura fue caracterizada por la respuesta represiva que brindó el Estado nacional. La fecha de corte del trabajo de Ascolani es el fin del primer gobierno peronista, momento en el que se concretó un corpus legal que intentó cubrir las necesidades de los trabajadores rurales, muchas de las cuales se hicieron más evidentes después de la crisis de 1930. Al mismo tiempo, la región de la Pampa húmeda –que reúne a las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe– es el marco geográfico elegido para realizar el estudio por las características de su producción agrícola. En tanto que la comparación entre Estados provinciales es un recurso del cual supo sacar frutos el autor.

En especial la obra de Ascolani rescata y pone en primer plano al trabajador rural, un importante actor de la historia argentina que constantemente fue solapado y hasta olvidado por prejuicios de diversos estudios. Con un enfoque pormenorizado de las principales características de los peones de campo y contrastado a lo largo de dos décadas a través de distintas coyunturas económicas y políticas, Ascolani contribuye significativamente a la historia del movimiento obrero argentino y agrega importantes elementos a distintos debates, como el origen del peronismo o el conocimiento y la transformación del mundo del trabajo.

A lo largo de cinco capítulos el autor recorre la historia de los trabajadores rurales en sus distintas especificidades. La enumeración incluye tanto a los braceros, que vendían su fuerza de trabajo únicamente en tiempos de cosecha con una vida de transhumancia, como a los más “establecidos” peones mensuales, estibadores, carreros (y posteriormente dueños de camiones), entre otros. Las distintas actividades presuponían, además, diferentes intereses que, sin embargo, no impidieron varias coincidencias en momentos de protesta. En el centro del relato también aparecen las organizaciones obreras ya sea en sus declamaciones revolucionarias o reformistas, su lucha por los reclamos laborales y sus rivalidades en el seno del movimiento obrero. Así se analizan a la anarquista FORA –que varios historiadores ya daban por insignificante para la década del 20–, los sindicalistas revolucionarios, los socialistas y los comunistas. Hacia fines de la década del 30, la CGT –que había nacido al inicio del decenio por interés de sindicalistas y socialistas, y a la que más tarde se unirían los comunistas– ocupará un rol hegemónico entre las organizaciones obreras rurales y fue la que terminó por ser heredera y principal referente de los trabajadores en el gobierno peronista.

Luego de una extensa introducción, en la que Ascolani marca el recorrido de las organizaciones sindicales con sus diferentes luchas desde la primera década del siglo XX –así como su vasto conocimiento del tema fruto de veinte años de investigación–, el primer capítulo narra los entretelones de las huelgas de 1928. Los sucesos, caracterizados por la agitación obrera y la intervención del Ejército, parecen cerrar un ciclo de sindicalismo clasista y abren paso a nuevas estrategias de lucha obrera.

En los siguientes capítulos, el texto indaga –en una comparación entre las provincias de la Pampa húmeda– en la crisis, el desempleo y el asistencialismo y los propone como elementos principales para dar cuenta de la transformación del movimiento obrero rural. La crisis económica y el golpe de Estado de 1930 debilitaron a las organizaciones sindicales que a lo largo de la denominada “Década infame” se reacomodaron. En ese proceso aparecen el reconocimiento del Estado como un árbitro importante y la concreción de incipientes convenios colectivos, entre los nuevos elementos de relaciones del trabajo. Así desde el Estado surgió una ambigua regulación del trabajo que buscaba otorgar algunos beneficios a los trabajadores en combinación con momentos de represión y el viejo asistencialismo, aún más allá de las distintas dirigencias políticas. Por otra parte, Ascolani tiene el impacto de los factores tecnológicos al tomar en cuenta la maquinización como expulsora de mano de obra, pero relativiza sus efectos por su lenta introducción en el agro argentino.

El último tramo del libro analiza el largo proceso que terminó en la concreción del “Estatuto del Peón rural” desde los tímidos intentos de gobiernos provinciales previos al peronismo, pasando por los aportes de Juan Domingo Perón antes y durante su primera Presidencia hasta su concreción. En dicho punto, el autor toma como objeto de estudio los casos de accidentes de trabajo que, a pesar de ser individuales, le sirven a Ascolani para contrastar los avances y retrocesos de una problemática general entre los trabajadores de campo.

En cuanto a las fuentes utilizadas, Ascolani presenta una destacada variedad que van desde los grandes diarios nacionales y regionales (La Capital) y la prensa de diferentes vertientes políticas u corporativas (La Tierra, La Protesta, La Vanguardia, etc.), hasta los archivos oficiales y los libros de época que se adjuntan a una consistente bibliografía.

A modo de sumario, Ascolani retoma una historia olvidada y soslayada, la del sindicalismo rural y de su principal actor, el trabajador de campo. Para ello tiene en cuenta una vasta red de pequeños pueblos de la región pampeana que parecían no tener pasado. En los mismos, el autor descubre relatos de enfrentamientos laborales que muestran una importante tradición de lucha sindical. Asimismo, el autor propone como hilo conductor la tarea del Estado que va desde parcializadas apariciones como árbitro hasta la plena intervención como resultado de la crisis del 30. Por ello, el libro es un excelente avance en la problemática del sindicalismo rural, así como un gran aporte al conocimiento del mundo del trabajo en la Argentina.

 

Por Paulo Menotti

(paulomenotti@hotmail.com)

 

 

 

ANDÚJAR, Andrea; D’ANTONIO, Débora; GIL LOZANO, Fernanda; GRAMMÁTICO, Karin y ROSA, María Laura (compiladoras) De minifaldas, militancias y revoluciones. Exploraciones sobre los ’70 en la Argentina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2009 (217 pp).

 

El pasado reciente exhibe por estos días una presencia inédita en relación con las primeras décadas del siglo XX, siempre más preocupadas por lo que Andreas Huyssen ha denominado “futuros presentes”. La proyección de este protagonismo en las historiografías de diversas sociedades occidentales no es sino una de las múltiples expresiones de la consolidación de la memoria como preocupación central de la cultura y la política. Hondamente atravesada por un impulso conmemorativo, la sensibilidad de nuestra época revisita permanentemente el pasado, pero en ese vínculo se juegan estímulos entre los cuales no es el menos importante la búsqueda de elementos para profundizar y legitimar unas construcciones identitarias que permitan a amplios colectivos sobrevivir en un presente donde todo parece efímero. La intervención de las y los historiadores en ese proceso, sin ser de ningún modo marginal, remite de tal modo a una densa trama hecha de intereses que trascienden el plano de la construcción de conocimiento por el conocimiento mismo, aún sin que ello suponga descuidar –para emplear una noción propuesta por Marc Bloch– su legitimidad propiamente intelectual.

Es una suerte que así sea, porque si nunca podremos conocer el pasado como verdaderamente ha sido, liberar por medio de su rescate las energías explosivas contenidas en algunos de sus momentos sí constituye un objetivo realizable. Indudablemente vinculadas con un movimiento social que, aún con intermitencias, entre el ascenso y el declive, no ha cesado desde sus mismos orígenes de sostener con fuerza el reclamo de la emancipación femenina, las compiladoras de De minifaldas, militancias y revoluciones han reunido un conjunto de escritos que, con el claro objetivo político de develar las condiciones históricas de la jerárquica construcción de las relaciones entre los sexos, posan su mirada sobre nuestro pasado reciente desde el ángulo que ofrecen las experiencias femeninas. Una de las claves de esta lectura es, por eso mismo, que esta diversidad no puede entenderse asumiendo lo masculino como generalidad, matriz fundacional del devenir científico de la historia, de la cual las visiones historiográficas mayoritarias no consiguen despegarse.

Es, en efecto, una perspectiva de género la que anima este emprendimiento en el que los fenómenos más representativos de la conflictiva etapa que abren los ’60- ’70 en Argentina se construyen en directa referencia a análisis empíricos sobre las prácticas de mujeres reales, no para complementar la explicación del período con la “singularidad” de lo femenino, sino para complejizar su abordaje integrando este universo experiencial como uno de los modos de expresión de la(s) militancia(s) y los proyectos políticos que la cimentaron, así como la ineludible cuestión de la violencia.

Invitando no sólo a repensar el modo en que se ha respondido a ciertas preguntas sino también a proponer otras nuevas, el constructo se articula en torno a tres ejes: “Espacios de militancia y conflictividad”, “Prácticas terroristas, prácticas de resistencia” y “Representaciones, imágenes y vida cotidiana”. Marta Vasallo inaugura el primero de ellos con un capítulo titulado “Militancia y transgresión”, en el cual ensaya algunas hipótesis sobre la militancia setentista femenina que problematizan la tensión entre su transgresión de los roles socialmente impuestos y la aceptación de los mismos al interior de organizaciones político-militares. “Ortodoxos versus juveniles: disputas en el movimiento peronista. El caso del Segundo Congreso de la Rama Femenina, 1971”, el artículo de Karin Grammático, propone pensar este acontecimiento como punto de mira de la construcción peronista de los objetivos y características de la acción política de sus mujeres militantes. El trabajo de Claudia Touris, “Entre Marianne y María. Los trayectos de las religiosas tercermundistas en la Argentina” explora esta poco abordada cuestión a partir de un pormenorizado análisis sobre el impacto de la renovación conciliar y la Teología del Tercer mundo en la religiosidad femenina. Finalmente, en “Las dos Verónicas y los múltiples senderos de la militancia: de las organizaciones revolucionarias de los años ’70 al feminismo”, Luciana Seminara y Cristina Viano, indagan a través de la escucha de sus historias de vida, cambios y continuidades en las prácticas de dos mujeres militantes, ingresando además en cuestiones vinculadas con su construcción mnemónica.

La segunda parte se inicia con el trabajo de Débora D’Antonio, “Rejas, gritos, cadenas, ruidos, ollas. La agencia política en las cárceles del estado terrorista en Argentina, 1974-1983” describe las formas de resistencia que varones y mujeres desplegaron como estrategia de supervivencia en las cárceles políticas, enfatizando especialmente los modos en que el género modelaba dichas estrategias. Laura Rodríguez Agüero, en un texto titulado “Mujeres en situación de prostitución como blanco del accionar represivo: el caso del Comando Moralizador Pío XII, Mendoza, 1974-1976 discurre acerca de la represión sobre mujeres en situación de prostitución por grupos paramilitares y parapoliciales a través de un modus operandi que guardaba estrechos vínculos con el que se desplegaba sobre las militantes políticas. “El exilio como espacio de transformaciones de género”, la contribución de Marina Franco, analiza las transformaciones que, en torno a las concepciones sobre el género, se produjeron en la experiencia de varones y mujeres exiliados en Francia entre 1973 y 1983.

En la última sección, el texto de Andrea Andujar, “El amor en tiempos de revolución. Los vínculos de pareja de la militancia de los ’70. Batallas, telenovelas y rock and roll” recorre los significados que cuestiones tales como el amor o los vínculos de pareja asumían para los militantes revolucionarios, asociando relatos de mujeres militantes con los discursos sociales que se expresaban en las telenovelas o las letras de canciones de rock. En “Los nuevos prototipos femeninos en los años ’60 y ’70: de la mujer doméstica a la joven liberada”, Isabella Cosse examina, a partir del estudio de revistas femeninas convencionales tanto como de medios de comunicación ubicados a la vanguardia de la modernización cultural, el surgimiento de un prototipo de la femineidad cuestionador del ideal de la domesticidad, instalando una nueva óptica acerca de estilos de vida, relaciones familiares y moral sexual. “¿Sólo se trata de cocinar? Repensando las tareas domésticas de las mujeres argentinas con Doña Petrona, 1970-1983”, el capítulo escrito por Rebekah Pite contrapone la celebración del acto de cocinar asociada a la figura de Petrona de Gandulfo –y la imagen femenina concomitante– con la denuncia sobre la falta de apreciación social del trabajo doméstico realizada por las feministas argentinas que salieron a la escena pública argentina en 1970. El libro finaliza con un artículo de María Laura Rosa, “Rastros de la ausencia. Sobre la desaparición en la obra de Claudia Contreras”, que reflexiona sobre las representaciones de la desaparición en la obra de la artista plástica Claudia Contreras, así como su perspectiva política orientada a enriquecer la construcción del presente por medio de una articulación plural de los sentidos de su trabajo.

Eminentemente historiográfica, con una clara preocupación por el análisis de un conjunto de fuentes que van desde las provistas por la historia oral hasta las más tradicionales, pasando por las iconográficas, las televisivas y las literarias, esta obra que desde la palabra de sus compiladoras se propone contribuir a ampliar las esferas de circulación de la producción académica sin por ello ver reducida su calidad, logra con creces el objetivo de recuperar de un modo complejo y matizado voces y prácticas de mujeres en torno a un pasado en permanente proceso de actualización.

 

Por Débora Cerio

(ISHIR-CONICET; deboracerio@gmail.com)

 

 

 

MELÓN PIRRO, Julio César; El peronismo después del peronismo, Siglo XXI, Buenos Aires, 2009 (260 pp.)

 

Los estudios sobre el peronismo han sido mayoría en las últimas décadas en el campo historiográfico argentino. Pero los años posteriores al derrocamiento de Perón en 1955 todavía siguen siendo un pequeño interregno que aparece muchas veces más como mito de origen de la experiencia de los años ‘70, que como “el apretado tiempo histórico” en el que el movimiento peronista tuvo que sobrevivir a un duro golpe y reacomodarse. De eso nos habla el título, de una continuidad más que de un inicio: “El peronismo después del peronismo”, el peronismo fuera del gobierno, fuera del poder.

Si bien se ha escrito sobre la violencia (resistencia), el sindicalismo y la política (proscripción) durante los años posteriores al Golpe del ’55, el autor plantea estas tres dimensiones no como líneas excluyentes sino como parte del entramado que construye “un movimiento que comenzó a recorrer un camino de sentido inverso al de su formación”, que tendrá a Perón como vértice pero en este caso más como sostén del relato, aclara el autor, que como el Perón que determinará todo los acontecimientos del período que transcurre entre septiembre de 1955 y las elecciones a constituyentes de 1957, primeras elecciones tras del Golpe militar.

El libro de Melón Pirro abarca el bienio mencionado y se encuentra dividido en 3 partes: el contexto, la resistencia y la política. En las 3 partes, va dando cuenta de la complejidad y densidad del período, marcando siempre 2 líneas generales: la resistencia- ilegalidad y la política- legalidad.

Para ir despejando la trama, el autor trasciende los límites de la evocación y ahonda en la reflexión sobre el peronismo en tiempos de proscripción sin contar con numerosas fuentes por las características del período, pero extremando la búsqueda de algunas y el análisis de las disponibles como prensa oficial y opositora, testimonios orales, registros de datos electorales o cartas. Por ejemplo, las cartas entre Perón y Cooke son revisadas teniendo en cuenta el aislamiento y la cárcel que van sufriendo los personajes de las epístolas, o sea, no sólo como productos lingüísticos, sino también como productos históricos; y si bien muchas veces el libro parece inclinarse hacia una historia de las ideas, no deja nunca de ser una historia política que nos muestra la búsqueda de los distintos canales que sustituían o complementaban a la organización partidaria.

Melón Pirro va derribando, minuciosamente, algunos mitos sobre el período, tratando de desvincular “lo vivido” de “lo evocado”. Su punto de partida se encuentra antes del Golpe, en las postrimerías del segundo gobierno de Perón, en el agotamiento de la rutinización de los medios para obtener consenso (“la Plaza”) que pierden credibilidad de tanto repetirse y por ser cada vez más excluyentes. ¿Por qué cae Perón? La respuesta puede recorrer varios niveles de análisis, pero lo que le llama la atención al autor es el silencio, el “efecto desmovilizador” post Golpe. Tampoco los intentos de frenar el Golpe hablan de una organización de las fuerzas sociales. Por el contrario, la idea de un enfrentamiento, según el autor, era temida por las autoridades del estado peronista o el gobierno “no supo, no pudo o no quiso resolver un conflicto militarmente…” Quizás también se quedó sin respuestas al no tener tradición en ese tipo de lucha. Hasta aquí, su historia no era la historia de la Lucha, era la historia de la gesta no violenta del 17 de octubre.

También por esto, tal vez el levantamiento de los militares opositores al Golpe en junio de 1956, no fue ni por mucho aprobado y menos auspiciado por Perón. Tampoco estos militares hacían figurar ni una sola vez a Perón en sus proclamas. Para el ex presidente, éste era el primer intento de surgimiento de un liderazgo desde su exilio, y aunque luego de la derrota y los fusilamientos tuviese que reivindicar el hecho y apropiarse del mismo a la fuerza en post del fortalecimiento de un mito que crecía más allá de sus deseos, su salida iba por el lado de la política electoral y no por el lado insurreccional como suele pensarse por el tono de algunos mensajes. De cualquier manera, a partir del exilio Perón tendrá que “cabalgar” la historia, sostiene Melón Pirro, e ir detrás de los acontecimientos, ya no será él quien los dirija.

Perón bregaba por la “resistencia civil”, no por un Golpe. Llamaba a “enfrentar al gorila en las calles”, según los testimonios. Las palabras de Perón comunicaban más que dar indicaciones de una estrategia a seguir. De aquí deviene, tal vez, parte del carácter constitutivo del fenómeno de la resistencia que es su espontaneidad, hipótesis que va corroborando el autor a largo del libro.

En la memoria de los peronistas, la resistencia es un término tan amplio que en él estarían incluidos desde las insurrecciones cívico militares, los sabotajes industriales, la lucha de los sindicalistas en los gremios intervenidos hasta los emblemáticos “caños” y los fusilamientos de León Suárez, pero para Melón Pirro la resistencia fue más primaria, diversa y menos orgánica de lo se evoca, y sostiene que con dificultad se puede encontrar una dirección heterónoma. Las acciones eran más acorde al juego de la “guerra de desgaste” que a la idea de terrorismo político que se proyectó en el imaginario común del peronismo. Más aún, los actores y los lugares de acción, difieren mucho de ser “los trabajadores” y su lugar de trabajo como se sostiene con frecuencia. Melón Pirro ve en la resistencia un fenómeno inarticulado, con un actor sui géneris que comparte el ámbito barrial o familiar más que el laboral, a la vez que los primeros también constituyen la identidad de pertenencia social y política. Así y todo, “…en la medida que lo simbólico forma parte de lo real, no puede dejar de considerarse su influencia sobre los contemporáneos (y no sólo sobre le futuro), dado que señalaron la presencia de irreductibles del peronismo en un tiempo en que se daba por supuesto que este movimiento estaba en trance de rápida disolución.” Esta percepción de la resistencia hizo que también el gobierno pensara al peronismo más como una cuestión a resolver con represión que como un problema político. Quizás este sea el motivo por el cual la Revolución Libertadora haya carecido de una ‘ingeniería institucional’ para resolverlo, plantea el autor.

Con su detallado análisis, Melón Pirro demuestra que la resistencia constituye parte de la política del período, que es parte de un menú de posibilidades del juego político, pero que la variable de la ilegalidad tenía funciones movilizadoras y no finalistas. Los objetivos del sindicalismo peronista y de los políticos peronistas consistieron en adquirir y consolidar espacios de legalidad en el marco de la reorganización del movimiento obrero, de hecho la brecha entre las prácticas clandestinas y el sindicalismo, que sólo en los sabotajes de los primeros tiempos van ensambladas, se va haciendo cada vez mayor con el paso de los meses hasta llegar a desvincularse totalmente a fines de 1957. Así, desde el mismo momento que el peronismo queda proscripto, comienza el “imperio de la política”, surge un nuevo sistema político que tendrá varios escenarios y varios actores locales con un referente en el exilio. Ni mucho menos, la política ni las ideas peronistas eran enunciadas desde el exterior. Había que salvar al peronismo del veto a la participación electoral, pero eso no quería decir que no reapareciera cierta vieja tensión entre algunos políticos y Perón, entre un polo “democrático” y otro “carismático”.

El reemergente sindicalismo salió airoso tras el fracaso del gobierno militar de la desperonización de los sindicatos, pero los neoperonistas no. Perón logró recomponer su carisma, dispensando mensajes con un mecanismo pendular dando su apoyo a distintos sectores del movimiento, relación a la cual se le ha prestado mucha atención en los setenta y con razón, pero que también es característica en los primeros años de proscripción y exilio, nota el autor. La dimensión política, aún acotada a la contienda electoral, estuvo desde el principio en el horizonte de Perón, los políticos y los sindicalistas.

Todo esto y mucho más que Melón Pirro nos va revelando a lo largo del libro, nos hace pensar este “tiempo” desde una mirada de la época (no sin tentarse cada tanto de hacer una pregunta contrafáctica), recordándonos que en septiembre de 1955 se pensaba en la desaparición del peronismo y del propio Perón, se creía que se terminaba una historia cuando en realidad comenzaba otra nueva, concluye.

 

Por Leticia Bereciartua

(letbere@hotmail.com)

 

 

 

BERAZA, Luis Fernando; José Ignacio Rucci; Vergara; Buenos Aires; 2007; 304 pp.

 

La recuperación económica y política que tiene lugar en Argentina desde el año 2003 a nuestros días, volvió a instalar en el centro de la conflictividad social al movimiento obrero y sus sindicatos. Esta rehabilitación de un papel central para el gremialismo argentino, dotó nuevamente de visibilidad a la dirigencia sindical y actualizó, como en cada nueva etapa histórica, las preguntas por el pasado para resolver los dilemas del presente. En un nuevo contexto político que alienta la revisión de la historia argentina de los últimos cuarenta años, la relación entre peronismo, sindicalismo y organizaciones armadas adquiere fuerte relevancia para comprender el presente y legitimar los distintos proyectos políticos. En este marco histórico aparece el escrito sobre José Ignacio Rucci realizado por el historiador y analista político Luis Fernando Beraza.

Enmarcada en el género “biográfico”, esta obra reconstruye la trayectoria individual de este personaje político-sindical tan significativo para el retorno del peronismo al poder en 1973. En lo que respecta a las fuentes de información, debe señalarse que esta reconstrucción está apoyada en una importante base documental escrita, como son los periódicos y revistas de la época, complementada con entrevistas a familiares y personalidades cercanas al dirigente sindical. De lectura amena y dirigida a un público amplio, el escrito pretende insertar su mirada en el debate histórico y político sobre el rol de la dirigencia sindical argentina en la etapa de la “Resistencia Peronista” (1955-1973) y sus vínculos con el peronismo, como así también quiere dejar constancia de su interpretación sobre el asesinato del dirigente sindical. Refleja el itinerario de la vida de Rucci tomando como eje vertebrador de su historia las vicisitudes políticas y sindicales de la Argentina que emerge a partir del surgimiento del peronismo en 1945. No le interesa tanto indagar sobre los aspectos de su vida familiar y afectiva, sino que explora al personaje público que se manifiesta en la labor sindical y política ligada a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y al movimiento peronista.

El libro está estructurado a partir de un prólogo, quince capítulos y un epílogo. Solamente el primer capítulo trata sobre los orígenes familiares y la vida de un Rucci niño y joven –nace en 1924- ligada a su Alcorta natal, provincia de Santa Fe, en la que se destaca el origen humilde y campesino de la familia, que Beraza señala en el Prólogo como un ejemplo de los orígenes sociales del peronismo: Rucci es un típico ejemplo de la transformación de un campesino, hijo de inmigrantes, en obrero industrial urbano, que gracias, en parte al, peronismo pudo convertirse en un elemento central de la lucha por el poder en la Argentina.” (p. 11) El segundo capítulo, muestra a un joven José Ignacio ya instalado en Buenos Aires –previo paso por Rosario- y haciendo sus primeras armas como trabajador metalúrgico y como militante sindical durante el primer peronismo (1946-1955), a partir de su paso sucesivo por la Compañía Hispano Argentina, la fábrica de artículos electrónicos de Alejandro Ubertini y la Compañía Argentina de Talleres Industriales y anexos (CATITA). Circunscripta al modelo clásico del recorrido gremial de un trabajador, Beraza informa de su actividad como delegado primero y como miembro de comisión interna después, en aquellos primeros años de experiencia sindical que lo tuvieron ligado a un grupo de orientación “trotskista”. Con el tercer capítulo se inicia el periodo histórico de la “Resistencia Peronista”, en la que Rucci ocuparía un rol destacado en los primeros años, al participar como delegado metalúrgico del Congreso Normalizador de la CGT (Confederación General del Trabajo) de 1957, que daría origen a las “62 Organizaciones Peronistas”, desde entonces brazo político del sindicalismo peronista. El capítulo cuarto, que se ocupa del período 1958-1965, se encarga de contextualizar la labor de Rucci a partir del ascenso y la consolidación del liderazgo de Augusto Timoteo Vandor en la poderosa UOM. Su participación gremial como Secretario de Prensa de la Seccional Capital, lo muestra formando parte de la estructura institucional conducida por Vandor. El capítulo se cierra mencionando el duro traspié momentáneo que sufre en su carrera gremial, al ser expulsado del sindicato por el líder metalúrgico a raíz de un confuso episodio interno que lo tiene como protagonista junto al Secretario Adjunto de la Seccional Capital José Di Cursi. El capítulo quinto, se interna en una detallada reconstrucción de la historia del santafesino en su nuevo destino sindical: la Seccional San Nicolás de la UOM. Enviado como “colaborador” junto a otros dirigentes metalúrgicos, su tarea a partir de 1965 será la de reorganizar la rebelde seccional bonaerense, que se presentaba como díscola ante las directivas de Buenos Aires. En este apartado, el autor describe las vicisitudes que rodearon la nueva vida gremial de Rucci, periodo en el que se foguea como conductor sindical y en el que muestra las cualidades de “implacable” dirigente con sus opositores, que más tarde también empleará en la conducción de la CGT.

A partir del capítulo sexto, Beraza analiza la vida de Rucci a la luz de los acontecimientos nacionales que unen la vida de la UOM con el derrotero de la CGT y con la figura de Perón. Debido al enfoque elegido –centrado en su vida pública- para tratar la vida del personaje, su elección como secretario general de la CGT en julio de 1970 marca un claro punto de ruptura en el tratamiento biográfico. La importancia de Rucci como dirigente nacional asoma recién a partir de este año, por lo que Beraza elige otorgar mayor espacio en su obra al periodo 1970-1973, en consonancia con la visibilidad pública nacional de su biografiado. Es así que el sexto capítulo aborda los pormenores que llevaron a que un hasta ese momento ignoto dirigente sindical de San Nicolás, recalara en el cargo máximo al que puede aspirar un gremialista, la secretaría general de la CGT. Nacía el Rucci polémico y ultra “leal” a Perón, así como también el “macartista” a medida que se acercaba el retorno del peronismo al poder. El capítulo siete se introduce, al igual que los capítulos siguientes, en las disputas internas del sindicalismo y del peronismo. A partir de este apartado, la figura de Perón adquiere relevancia explicativa para comprender el accionar sindical del ahora líder de la CGT, en este caso particular observando estos vínculos en el periodo presidencial del general Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973). A este respecto, Beraza entiende la utilidad de Rucci para el proyecto de Perón de la siguiente manera: “El cálculo del general era que necesitaba en el movimiento obrero una cabeza de playa para operar contra el gobierno, y sus informes previos y su olfato le decían que ese hombre era Rucci (…) También influía en esta decisión el hecho de que Rucci no tenía un aparato propio que pudiera posibilitar algún doble juego, cosa que solía suceder con otros sindicalistas.” (p. 137) El capítulo ocho continúa con el análisis de los vaivenes políticos en el último tramo del gobierno de Lanusse, momento en el que es reelegido Rucci al frente de la central obrera. El tratamiento que se hace de un conflicto entre el ejecutivo de la provincia de Mendoza y la CGT de esa regional, ejemplifica la interpretación que el autor hace de Rucci en tanto dirigente sindical, como alguien que no renuncia a su condición de peronista de “base”, y que se repite en otros pasajes del libro: Rucci no pensó más que lo que le dictaba su conciencia ¿Cómo podía hacer otra cosa? No le pasaba por la cabeza que desde Azopardo se dejara sin protección a los dirigentes de la regional Mendoza, quienes salían a la calle junto a la gente por un reclamo justo. En la mentalidad de Rucci, ¿qué le podían importar sus compañeros del Consejo Directivo, quienes pensaban sólo en sus intereses personales?” (pp. 180-181) El noveno capítulo atiende a la campaña presidencial de fines de 1972 y principios de 1973 para las elecciones que terminaron dando el triunfo al FREJULI (Frente Justicialista de Liberación Nacional), y el rol jugado por Rucci y el sindicalismo peronista en relación al gobierno militar y a las internas del partido con la Juventud Peronista (JP). El capítulo diez trata de manera sintética la polémica “Rucci-Tosco”, llevada a cabo en febrero de 1973 en un conocido programa televisivo. Este debate es contextualizado por el autor entendiéndolo como la culminación de un enfrentamiento que naciera en el Congreso Normalizador de la CGT de 1957. Las diferencias ideológicas y políticas son examinadas en este apartado, en el que cada uno de los dirigentes es presentado a partir de sus distintas concepciones sobre el rol del peronismo para la liberación nacional. Con el capítulo once comienza el tratamiento de los meses finales del líder de la CGT antes de ser asesinado el 25 de setiembre de 1973. El eje para analizar las acciones de Rucci se desplaza a partir de ahora claramente hacia la interna peronista entre las vertientes de izquierda y de derecha y el movimiento sindical liderado por el santafesino. Es el tema de la “violencia política” el que estructura gran parte del relato del libro de aquí hasta el final, ante el cual Beraza sienta su posición crítica hacia la estrategia armada de las organizaciones de la izquierda peronista, sobre todo señalándola como equivocada e injustificada a partir del retorno del peronismo al poder en 1973. El capítulo doce analiza la interna peronista a partir de las pujas que estuvieron detrás de la caída de Cámpora en julio de 1973. Rucci es examinado a la luz de las acusaciones de la izquierda peronista de “burócrata” y de hombre de la “derecha”, que el autor entiende como una “campaña de desprestigio”. Sobre este punto, el relato se direcciona hacia el intento de demostrar que tales calificativos no se condecían con el accionar del líder “cegetista”, a quien se postula como un dirigente que aunque en la cúspide de la jerarquía gremial, nunca dejó de actuar como aquel militante peronista de “base” de los años cincuenta. El décimo tercero y último capítulo es dedicado a describir los pormenores del asesinato del oriundo de Alcorta, en un marco interpretativo que expone las diferencias de proyectos entre aquel representado por Rucci y el levantado por el ala izquierda del peronismo. El capítulo finaliza con la defensa por parte del autor de la versión histórica de aquellos que señalan a las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) como autores del asesinato. Por último, en el Epílogo el texto vuelve a dejar en claro la mirada hacia Rucci como dirigente de base: “Cabe acotar que fue exponente de las bases peronistas, a diferencia de otros dirigentes sindicales que hacían discursos peronistas, pero que en los hechos negociaban con los gobiernos de turno.” (p. 292) El autor le rescata, además, su labor como cuadro peronista más que de la UOM y su importancia como canal de comunicación entre Perón y el pueblo trabajador.

Para concluir, tan sólo apuntar algunas consideraciones finales. Sin rehuir a la empresa de mostrar las contradicciones del hombre político, la biografía de Beraza puede ser vista como un intento por rescatar y revalorizar la figura de Rucci como dirigente y militante sindical del peronismo. Si bien el autor señala que “no nos animan propósitos laudatorios o denigratorios”, el balance final de la vida pública del sindicalista santafesino arroja un saldo claramente favorable. En este sentido, pueden señalarse dos cuestiones centrales en las que la figura de Rucci es realzada o rescatada de las críticas más comunes. Primero, en relación a su asesinato la biografía persigue el propósito de participar en el debate sobre los motivos del mismo, y de esta manera, sentar su opinión sobre la interna peronista de los años setenta, ejerciendo a través de la persona del santafesino una defensa del accionar de los sectores sindicales leales a Perón. Segundo, la figura del líder de la CGT es analizada a lo largo de los distintos capítulos a partir de una mirada que lo coloca como un dirigente de perfil más cercano al activista de base que al funcionario de escritorio, y por lo tanto, por fuera del numeroso grupo de sindicalistas incluidos en la categoría de “burocracia sindical”.

 

Mauricio Correa

(UNR-ISHIR-CONICET; mauriciohernan1@hotmail.com)

 

 

 

MATEU, Cristina (compiladora). Argentina en el Bicentenario de la Revolución de Mayo. Historia y Perspectivas. Ediciones La Marea. Buenos Aires, 2010. 231 pp.

 

Argentina en el Bicentenario de la Revolución de Mayo. Historia y Perspectivas, es una compilación de ocho trabajos que fueron presentados en el marco de un Curso organizado por la revista La Marea en octubre del 2007, dictado por docentes de distintas disciplinas, cuyo eje, con motivo de la aproximación del bicentenario de la revolución de Mayo, consistió en abordar las problemáticas clave de nuestra historia a fin de identificar la secuencia de intereses que nos condujeron de la independencia lograda en 1810 a la dependencia que sufrimos en la actualidad. El libro recorre este proceso desde distintas perspectivas de análisis, teniendo en cuenta los factores económicos, políticos, sociales, culturales a nivel nacional e internacional que nos condujeron a la dependencia actual.

En su trabajo “De la dependencia a la independencia”, Claudio Spiguel realiza un recorrido de estos doscientos años de historia, estableciendo las causas que nos llevaron de un proyecto revolucionario e independentista a sucesivas etapas de dependencia de mayor o menor intensidad, según el contexto nacional e internacional que lo sustenta. Mediante un profundo análisis primeramente económico y como consecuencia del mismo, político y social, establece el carácter de nuestra subordinación y vulnerabilidad al sistema capitalista; desde la Argentina criolla, la agroexportadora, gobiernos democráticos, dictaduras, hasta llegar a la estructura social contemporánea y sus contradicciones.

Jorge Hugo Carrizo en su trabajo: “Los procesos sociales: Afluentes y conflictos” realiza un análisis acerca del poblamiento diverso de nuestro territorio situándolo en tres grandes áreas y recorre ese “antes” de la revolución, relegado por la mayoría de las historias de nuestro país, como si nada existiera hasta ese mayo de 1810, donde pareciera no formar parte de nuestra historia esas primeras comunidades de pueblos originarios. Luego enfocará su análisis en las luchas y conflictos sociales presentes en estos doscientos años, donde el concepto de poder adquiere un lugar central para echar luz en las relaciones de hegemonía y dominación estatal.

El artículo de Pablo Volkind “La producción agraria y la propiedad latifundista de la tierra” analiza los orígenes y continuidades con respecto a la apropiación de la tierra y las políticas económicas desarrolladas siempre subordinadas a la dominación imperialista.

Ana Sofía en su trabajo “El desarrollo industrial: proteccionismo y librecambio” inicia el mismo preguntándose por qué no fue posible una industrialización integral en nuestro país, comenzando con una breve reseña de la época de dominación española donde la industria tuvo intento de despegue con las limitaciones propias del contexto. Luego aborda otras coyunturas como las de fines del siglo XIX, principio y mediados del siglo XX, siempre sujetas a factores externos que van a dar lugar a debates sobre los caminos que debía seguir este proceso. La autora analizará el desarrollo de la industria y las distintas etapas por las que atraviesa hasta llegar a una industria totalmente dependiente de las grandes potencias a fines de los sesenta, para luego terminar desindustrializándose durante la dictadura.

Guillermo Volkind propone reflexionar acerca de “Una educación para el desarrollo dependiente” y se interroga sobre los siguientes aspectos: ¿Va ligado el desarrollo del país a un modelo educativo o el modelo político económico diseña la educación en Argentina? ¿La educación actúa como freno del desarrollo industrial argentino o viceversa? Además propone analizar el sistema educativo como sinónimo de orden aplicado en distintas coyunturas políticas y el acceso a la educación y su funcionalidad dentro del sistema. Tras diseñar un panorama general de la función escolar ayer y hoy, presenta una interesante conclusión acerca de la educación que necesitamos y las condiciones necesarias que conllevan un intenso compromiso teórico con valores sociales necesarios para generar el cambio.

En su artículo “Cultura nacional e imperialismo cultural”, Cristina Mateu reflexiona a cerca de la relación independencia – dependencia, desde la perspectiva cultural, analizando a grandes rasgos las principales contradicciones en el campo cultural durante estos doscientos años. Para ello divide el período en etapas, según las particularidades de la relación estructura- superestructura argentina. Argentina indígena, colonial, independentista, guerras civiles, dominio imperialista – oligárquico y distintas propuestas naciones, así como las democracias surgidas en el siglo XX. Su prolija redacción nos permite ir anudando las nociones de espacio, sociedad y esfera político económica en concomitancia con el desarrollo de los movimientos culturales desde la multiculturalidad de los pueblos originarios, la influencia de la ilustración, la tendencia neoclásica, el romanticismo y otros movimientos posteriores reconstruyéndolos desde un espectro tan bello y sensible a los cambios, como olvidado en la mayoría de los análisis.

Beatriz Pedro en su artículo “Las condiciones de vivienda y hábitat en la Argentina a doscientos años de la Revolución de Mayo” describe las características del proceso de ocupación y urbanización de nuestro territorio como expresión de los procesos históricos y de los intereses en juego. Se focaliza especialmente en el área metropolitana de Buenos Aires y el proceso de conurbanización de la ciudad, hasta llegar a los problemas habitacionales por los que atraviesa en la actualidad y las bipolaridades propias que este sistema genera.

En “Historia, cultura e identidad nacional”, Josefina Racedo comienza con una introducción impecable que nos moviliza a la reflexión y al análisis sobre nuestro “ser Argentino”, y nos establece un debate interno donde repensarnos como herederos de una multiculturalidad de que está hecha la identidad latinoamericana y no como producto y expresión de una sola cultura homogénea; signada por el monolingüismo y la unilateralidad que la primera modernización heredó de la colonia. Para ello la globalización se convirtió en el vehículo ideal para imponer su dominio, sin resistencia aparente, en estas tierras; y donde bajo el pretexto de la objetividad del proceso, tratan de crear en las masas un estado de abstinencia favorables para hacerles creer que la cultura y el bienestar vienen de afuera, del norte, y contra eso no se debe luchar. Pero existen muchos Moreno, muchos Artigas, Castelli y Belgrano que trabajan en silencio desde los bordes para construir una identidad nacional que solo se construye como todas las identidades sociales con amor y firmeza por lo que consideramos nuestro.

Para concluir, cabe destacar que la originalidad de los enfoques de este libro, permiten comprender nuestro pasado, discutir problemas presentes y sus posibles soluciones, siempre teniendo en cuenta la revalorización “del espíritu de Mayo, intencionalmente desviados de sus objetivos revolucionarios”

 

Por Alejandra Leporini

(ISP Nº 3; aleporini@hotmail.es)