La disolución de la representación de sociedad como traba para el análisis histórico-social

 

Jorge H. Carrizo[1]

 

Me-ti dijo: la física acaba de comprobar que los corpúsculos escapan a nuestros cálculos; sus movimientos son imprevisibles. Parecen individuos dotados de voluntad propia. Pero los individuos no están dotados de voluntad propia. Si sus movimientos son difíciles o imposibles de predecir, es porque sobre nosotros pesan demasiadas determinaciones, no porque esas determinaciones no existan.

Bertolt Brecht, Me-ti, el libro de las mutaciones.

 

Una vez más manifiesto toda mi desconfianza frente a series de cifras, cualquiera que sean y a cualquier sector de la vida económica a que se refieran, si no se apoyan en el estudio del medio circundante.

Ruggiero Romano, Caracterización histórica del desarrollo económico, Fichas, 1965.

 

 

Este trabajo postula el carácter restrictivo de las concepciones actualmente predominantes en los estudios histórico-sociales que plantean la conveniencia de la disolución de la representación de sociedad como un todo como elemento significativo para la explicación de la conducta social humana en relación al estado previo alcanzado por los mismos hacia finales de la década de 1960.

Fruto del impacto de la crisis mundial de los años treinta y del cataclismo de la Segunda Guerra Mundial, la relación entre lo económico y lo social que comenzó a darse entonces revelaba el deseo de un tratamiento de la historia diferente al tradicional.

Como recuerda E. Hobsbawm, "lo que interesaba a los historiadores de este tipo era la evolución de la economía y, a su vez, ésta les interesaba por la luz que arrojaba sobre la estructura y los cambios de la sociedad y más especialmente sobre la relación entre las clases y los grupos sociales", predominio de lo económico que se basaba en el concepto aceptado de que "cualquiera sea la inseparabilidad esencial de lo económico y de lo social en la sociedad humana, la base analítica de cualquier investigación histórica de la evolución de las sociedades humanas debe ser el proceso de la producción social."[2]

El propio nombre de una de las revistas pioneras de este tipo de análisis -Annales, Economías, Sociedades, Civilizaciones, editada por Lucien Febvre y Marc Bloch- reflejaba el propósito esencialmente global y comprensivo de sus fundadores.

Ese proceso se revirtió desde mediados de la década del setenta. Por un lado, con el retorno de los paradigmas neoclásicos en economía, sobre la base de la construcción de modelos relativamente simplificados, basadas en el razonamiento deductivo para derivar generalizaciones sobre un conjunto de proposiciones abstractas. Por otro, a través de la crítica al determinismo estructuralista de concepciones como las de Althusser, desde posiciones foucoultianas de su mismo cuño, y/o más directamente entroncadas con el subjetivismo weberiano, basadas en el análisis de sistemas de acción y de poder y el comportamiento de los actores sociales, dejando de lado el estudio de las formaciones sociales.

Dentro del marco neoclásico, "De lo que se trata es de hacer algún tipo de predicciones suponiendo que si los individuos poseen información adecuada y valoran sus alternativas buscando maximizar su utilidad se puede esperar que se comporten de un modo y no de otro. Es decir, si obtienen un mayor beneficio producirán más o menos, si los bienes son más baratos consumirán más o menos. Esto esté lejos de la formulación de leyes generales de la historia. Pero ésta es la base de la teoría de la demanda y de la oferta, hoy llamada microeconomía, que es la que nos sirve en historia para explicar las conductas económicas"[3]

Para los críticos del determinismo mecanicista de Althusser -al que confundían, equiparándolo, con la "determinación en última instancia" del marxismo- se trataba de liberar de sus ataduras al sujeto althusseriano, dado que: "cuando más se habla de sociedad menos se habla de actores sociales, puesto que éstos sólo se conciben como portadores de atributos inherentes al lugar que ocupan en el sistema social, (...) donde el estado de la infraestructura determina el de las fuerzas políticas y representaciones culturales. El actor (...) se encuentra ahora aplastado por el determinismo económico."[4]

Así se logró separar la representación del sistema y la del actor, dejando éste de aparecer como portador de un rol para comenzar a hacerlo como individuo, miembro de determinadas comunidades primarias, o ligado a ciertas tradiciones culturales, análisis en el que el cambio histórico dejaba de tener su connotación evolutiva para comenzar a definirse, más restringidamente, como estrategia destinada a la maximización de recursos o al dominio de situaciones de incertidumbre. ¿De qué manera el actor trascendería la representación de un conjunto de roles? Sólo en la medida en que viviera personalmente la historicidad, afirmando la importancia y los derechos de la conciencia. La unidad del sistema social pasó así a estar constituida prioritariamente desde la conciencia del sujeto.

A partir de esta nueva representación de la vida social - vale decir, de la disociación entre el sistema visualizado como orden y el actor como calculador y jugador- se fue construyendo un análisis de la economía, de la cultura y de los sistemas sociales que eliminó toda apoyatura en la naturaleza de la sociedad -y menos aún en un sentido de la historia- estableciendo como objeto las conductas y las relaciones sociales analizadas a través del prisma del actor, trabajando para separar distintos significados de las mismas y para aislar elementos simples de análisis dentro de la complejidad del devenir histórico.

Charles Tilly expresa bien esta postura, en su crítica de lo que denomina "postulados perniciosos del pensamiento social del siglo XX", entre los que cita:

"1. La sociedad es algo aparte; el mundo como una totalidad se divide en sociedades diferentes, cada una de las cuales posee una cultura, un gobierno, una economía y una solidaridad más o menos autónomos.

"2. El comportamiento social es producto de procesos mentales individuales, condicionados por la vida en sociedad. Las explicaciones que se dan del comportamiento social conciernen, por tanto, al impacto que tiene la sociedad en las mentes individuales."

En el enfoque de Tilly, "las relaciones sociales son, de hecho, meras abstracciones a partir de múltiples interacciones entre seres humanos individuales."[5]

De manera análoga, Michael Mann también cuestiona la concepción de sociedad global, reemplazándola por la consideración de redes de acción y de poder como modo de aprehensión de la realidad económica, social, política y cultural. Para Mann, "los seres humanos son sociales, no asociados", significando que si bien participan de las relaciones sociales de poder no tienen necesidad de estar inscriptos en una totalidad social. Sosteniendo que debemos participar de una manera efectiva en redes sociales, familiares, económicas, políticas, culturales, etc.) para cubrir nuestras necesidades, no ve que sea necesario que todas estas redes generen un "sistema de interacción socio-espacial idéntico" generando así una sociedad unitaria. Para Mann, estas redes están más directamente relacionadas con la obtención de objetivos que con la propia institucionalización. Y es persiguiendo esos objetivos que los seres humanos desarrollan aún más esos sistemas, pasando por los niveles existentes de institucionalización.[6]

Todos estos análisis parten del concepto de acción social de Max Weber, definida como acción individual productora del hecho social. Dicha acción se caracteriza por su sentido para el actor. El hecho social no existe, pues, fuera de la subjetividad individual que lo constituye. Los conceptos de colectividad, de grupo, no tienen ningún carácter real, ningún sentido fuera de la significación que poseen para los individuos particulares que participan de ellos. De este modo, lo social no existe más que como extensión, como desarrollo, en la subjetividad, de los actos individuales.

En tal contexto teórico se inserta la noción weberiana de poder, definida como "toda posibilidad de hacer triunfar la propia voluntad en el seno de una relación social, incluso a pesar de las resistencias, sin importar en qué reposa aquella posibilidad". Vale decir, concepto psicológico de poder, del cual el individuo es portador e instancia determinante, y que implica la idea de competencia, pues de su enunciado se deduce que las relaciones sociales pueden ser concebidas prioritariamente como una relación conflictiva de individuos que pretenden cada uno realizar sus intereses y valores, que pretenden imponer su voluntad, ratificando la creencia liberal en el triunfo de los más meritorios en la prueba de la competencia.

Es precisamente esa circunscripción de los nuevos estudios sociales a relaciones subjetivas entre los hombres (es decir, aquellas que antes de establecerse pasan por la conciencia) lo que los limita a la descripción, a la recopilación de materia prima, impidiéndoles advertir la repetición y regularidad en los fenómenos sociales, únicamente advertible en el análisis de las relaciones sociales materiales (es decir, establecidas prioritariamente a su pasaje por la conciencia, como las que los hombres establecen en el intercambio y la producción) las cuales arrojan similitudes y diferencias en las diferentes sociedades particulares, posibilitando la existencia de sistemas específicos en cada uno de ellas, único criterio que permite establecer lo diferente y lo común entre las mismas.

Esto no supone -salvo como reduccionismo mecanicista- que, al explicar la estructura y el desarrollo de una sociedad determinada a partir de estas relaciones materiales económicas, se abandone su vinculación con otros aspectos de la vida cotidiana, las relaciones familiares, las formas político-jurídicas, los sistemas de ideas y representaciones sociales, etc. Por el contrario, muchas veces las formas políticas, jurídicas, las teorías filosóficas y religiosas preponderan, como fuera aclarado por el marxismo, determinado la forma del acontecer histórico. De modo tal que, en el conjunto de estas interacciones, lo económico se abre paso como necesario a través de una multitud de casualidades (es decir, de cosas y hechos cuyo vínculo interno aparece como lejano e imposible de demostrar).

Es por eso que la utilización de modelos económicos, si es que van a tener valor para el análisis histórico, no pueden divorciarse de las realidades sociales e institucionales, que implican, necesariamente, el análisis de formaciones económicosociales particulares.

Una metodología correcta para tal tipo de análisis debiera considerar, como plantean obras señeras como las de Pierre Vilar o Marc Bloch, los siguientes pasos: comenzar por el estudio del medio ambiente material e histórico, pasando luego al de las fuerzas y a las técnicas de producción, a la estructura de la economía resultante y a las relaciones sociales que surgen de las mismas. Esto podrían ser seguido por el análisis de las instituciones y la imagen de la sociedad y su funcionamiento que las sustenta. Se establece así la forma de la estructura social. Como hiciera Bloch con las relaciones de interdependencia en su "La sociedad feudal", se puede también partir de una relación particular o un complejo de relaciones como centrales y específicos de la sociedad o tipo de sociedad en cuestión, y agrupar el resto del tratamiento en torno a ellas. Ahora, una vez que ha sido establecida la estructura, debe ser vista en su movimiento histórico. Utilizando la expresión francesa, la estructura debe ser vista en coyuntura. Esto permite al historiador exponer: 1) el mecanismo general por el cual las estructuras de la sociedad simultáneamente tienden a perder y a restablecer sus equilibrios y 2) fenómenos sustantivos como los de la conciencia colectiva, los movimientos sociales, la dimensión social de los cambios intelectuales y culturales y así sucesivamente.

El objetivo de esta ponencia ha sido , en consecuencia, replantear algunos de los supuestos implícitos en las nuevas teorías sobre las que trabajamos cotidianamente y postular, el retorno de metodologías de trabajo atentas a la formulación de la naturaleza y la estructura de las sociedades y los mecanismos de sus transformaciones históricas, incluido en ello el papel relevante de la conciencia y la subjetividad, atentos a la definición de historia que hicieran Bloch y Febvre: "ciencia del cambio perpetuo de la sociedades humanas".

 

Notas



[1] Licenciado en Sociología. Instituto de Investigaciones de Historia Económica y Social (IIHES). Facultad de Ciencias Económicas. Universidad Nacional de Buenos Aires.

[2] E. Hobsbawm, "De la historia social a la historia de la sociedad", Eco, Bogotá, octubre de 1981.

[3] R. Cortés Conde, Historia económica, nuevos enfoques.

[4] A. Touraine, El regreso del actor, Bs As, 1987.

[5] Las citas son de Ch. Tilly, Grandes estructuras, procesos amplios, comparaciones enormes, Madrid, 1984.

[6] M. Mann, Las fuentes del poder, vol 1, Madrid, 1988.